Gotas de Rocío

El Parto

“¡Ay, Dios mío!”, gimió la esposa del carnicero, poniendo una mano sobre su vientre.

“¿Qué pasa, mujer?”, preguntó el carnicero, muy preocupado.

“Mande por Sra. Salazar por favor,” ordenó la esposa.

El carnicero se puso su sombrero y fue corriendo a la casa de la partera.  En unos minutos regresó con ella.

Cubetas de agua hervida.  Sábanas limpias.  El carnicero le dio todo lo que la partera pidió y esperó fuera de la recámara matrimonial.  Los gemidos de su esposa fueron intensificándose. El marido empezó a dar vueltas fuera del cuarto como una hormiga desesperada en un sartén caliente.

Horas transcurrieron.  Los gemidos sonaban cada vez más atormentados.  Aprovechando que la señora partera salió de la recámara por más agua caliente, el marido le agarró por la manga y preguntó: “¿Cuándo voy a ver a mi hijo, señora?”

“Ay, no sé, señor, ¡es que el bebé está atravesado!”, contestó la señora angustiada.

El hospital más cercano estaba de por lo menos medio día de viaje de este pueblo Michoacano. No había otra alternativa que Sra. Salazar.

Siguieron los gemidos de la esposa, mas cada vez más agotados.   El carnicero, que ha cuarteado muchas vacas con su cuchillo ágil, se sintió inútil por primera vez en su vida.

Salió la partera del cuarto, con su cara llena de pena, poniéndose su chalina sobre sus hombros para partir.  “Esto es más de lo que yo puedo, señor; lo siento mucho,” le dijo al carnicero sin verle en sus ojos.

“¡Alto allí!”, gritó el carnicero. La señora se detuvo por la puerta, asustada por la voz violenta.

Apresuradamente, el carnicero alcanzó el cajón debajo del cajero de la carnicería, sacó una pistola y lo puso sobre la mesa con un tal golpe que hizo saltar las tazas puestas sobre la mesa.

“¡Usted no saldrá viva de esa puerta sin que yo tenga mi hijo en mis manos hoy!”

No le quedaba otra opción a Sra. Salazar. Regresó asustada y resignda a la recámara de la parturienta para continuar con ella la desesperada labor contra las garras de la muerte.

Esta vez fue menos de media hora, aunque pareció eterna, antes de que el carnicero oyó el llanto de su primogénito.

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