Gotas de Rocío

El Terremoto

El día que sucedió el terremoto, dejé a mi marido por mi amante.

Estaba en mi apartamento en el cuarto piso y hablando por teléfono con mi amante. De repente, el edificio empezó a estremecer. Un temblor, le murmuré a mi amante, y continué platicando sin alterarme. En lugar de atenuarse, el edificio siguió sacudiéndose con más violencia. Pronto comenzó a chirriar como viejos huesos que no aguantaban el peso encima. Pedazos de cal empezaron a caerse de una esquina del techo. Te vuelvo a hablar en un ratito, le susurré a mi amante. Colgué el teléfono, miré a mi rededor y fui a pararme debajo del marco de la puerta. El marco flaco no inspiraba confianza, mas no veía otro lugar de más fortaleza. Con toda calma, estuve parada allí mirando más fragmentos de pared desprendiendo del techo, hasta que por fin se apaciguó la bestia del terremoto y la estructura dejó de agitarse. Entonces volví a marcar el teléfono de mi amante.

Después del suceso, me di cuenta de que el miedo nunca me entró durante los movimientos sísmicos, ni siquiera cuando amenazaba un colapso de la construcción. ¿Por qué? Porque tenía toda la seguridad de que si el edificio se derrumbara y me enterrara, él, mi marido, sabría exactamente dónde ubicarme, por milagro o sexto sentido, y me rescataría del derrumbe aunque tuviera que excavar con sus dedos. No tenía importancia la cuestión de que si fuera realista esperarlo a poder encontrarme en una montaña de ladrillos y cemento de una edificación desplomada y extraerme viva. Lo que importaba era mi certeza de que él lo haría. Con él, yo nunca me sentiría sola, abandonada o desesperada.

Cuando ocurrió el sismo, ya tenía meses vacilando entre quedarme con mi marido o embarcar en una nueva vida con mi amante. Había empacado más que una vez, sólo para desempacar otra vez al día siguiente. La indecisión me atormentaba.

El temblor sacudió mi alma. Me desveló una imagen de esta mujer, sentada sobre una roca muy firme, pero mirando el árbol de arriba con ojos soñantes y suspirando por no saber si levantarse a morder el fruto del árbol o seguir pegada a su roca sólida.

Entonces me levanté a alcanzar el fruto del árbol.

Y vi que mi roca preciosa, ya no más mía, empezó a crecer alas y fue subiendo al cielito lindo. Volaba con tanto brillo que iluminó mi universo para siempre.

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